La salida de Jorge Daniel Hernández Delgadillo de la dirección del INTERAPAS no representa un punto final ni un episodio aislado. Por el contrario, abre una etapa incómoda para el organismo operador de agua, donde las explicaciones oficiales chocan con una realidad persistente, una crisis hídrica que no se resuelve con discursos financieros ni con cambios de escritorio.
Durante más de un año de gestión, el INTERAPAS acumuló rezagos visibles. Drenajes colapsados, fugas constantes, tandeos prolongados y colonias completas expuestas a aguas negras formaron parte de una rutina que normalizó la precariedad del servicio, aun cuando los cobros siguieron llegando puntuales a miles de hogares. El desgaste no fue menor y la inconformidad social creció al mismo ritmo que la percepción de un organismo rebasado.
Desde el gobierno municipal, sin embargo, la narrativa ha sido otra. El alcalde Enrique Galindo Ceballos ha insistido en que el problema del INTERAPAS no es operativo ni técnico, sino estrictamente financiero. La ausencia de un fondo federal durante 2025 —un faltante de entre 50 y 70 millones de pesos— es presentada como el golpe que desestabilizó al sistema, afectando pagos clave como la energía eléctrica de los pozos y limitando su margen de maniobra.
Bajo esa lógica, la administración municipal ha optado por cerrar filas en defensa del exdirector. La renuncia, se ha dicho, obedece exclusivamente a motivos de salud y no a una evaluación negativa de su desempeño. Incluso se presume que, pese al boquete presupuestal, el organismo logró mantener la operación con miles de reparaciones, atención a socavones y una inversión significativa en obra pública.
No obstante, esta defensa institucional no ha logrado disipar las dudas. La salida del director ocurre en el momento más delicado, cuando amplios sectores del área metropolitana continúan sin un suministro regular y cuando las quejas por fallas estructurales no disminuyen. Más que un relevo administrativo ordenado, el cambio deja la sensación de un organismo sin rumbo claro y con responsabilidades aún no aclaradas.
Por ello, el debate ya no se centra únicamente en quién dirigía el INTERAPAS, sino en cómo se administraron sus recursos y por qué, pese a los millones ejercidos, los resultados siguen sin ser visibles para la ciudadanía. En este contexto, la exigencia de una revisión profunda al manejo financiero, operativo y administrativo del organismo cobra fuerza. No como revancha política, sino como una obligación frente a un servicio que toca directamente un derecho humano básico.
Entre los focos de atención que comienzan a emerger destacan prácticas que se volvieron recurrentes durante la crisis, la renta constante de pipas como solución permanente, la contratación de servicios externos, el crecimiento de la nómina y la falta de obras estructurales que realmente mitiguen el problema de fondo.
Mientras tanto, el alcalde sostiene que la ciudad opera con normalidad en la mayor parte de su territorio y minimiza las quejas recientes, asegurando que el sistema funciona incluso sin el acueducto de El Realito. Pero esa afirmación contrasta con las manifestaciones vecinales, las denuncias ante organismos de derechos humanos y el hartazgo social que se expresa en calles inundadas de aguas negras y colonias enteras dependiendo de pipas.
La pregunta incómoda es, ¿fue el INTERAPAS víctima de un golpe financiero externo o de una administración incapaz de transformar recursos en soluciones duraderas? ¿La falta de dinero explica por sí sola la crisis o es también una coartada para evadir responsabilidades?
