La cordillera Tének en Ciudad Valles se ha convertido en el monumento más indignante a la simulación y al olvido gubernamental en las comunidades indígenas del municipio. Mientras administraciones estatales van y vienen, miles de familias indígenas viven en una sequía domiciliaria permanente que no obedece a las lluvias, sino a décadas de corrupción, negligencia institucional e infraestructura obsoleta.

El problema de fondo es una red hidráulica colapsada, con tuberías de más de treinta años que ya cumplieron su vida útil, y un sistema de bombeo propenso a fallas crónicas que las autoridades se niegan a renovar de manera integral. A este abandono físico se suma la impunidad. Tomas clandestinas y negocios particulares ordeñan los caudales a la vista de los organismos operadores, dejando los las llaves de los hogares indígenas completamente secos.

Para los habitantes de las comunidades, la escasez significa que mujeres, ancianos y niños deben caminar cientos de metros cargando botes y carretillas para conseguir lo elemental para subsistir.

Esta crisis humanitaria contrasta con el desfile de gobernadores y alcaldes que, sexenio tras sexenio, utilizan la zona indígena como una pasarela electoral. Prometen proyectos definitivos en campaña, firman compromisos, y una vez en el poder, limitan su respuesta al envío de pipas insuficientes o parches técnicos que fallan a las pocas semanas.

El desabasto de agua en la zona Tének ya no es un problema de ingeniería ni de falta de recursos; es el reflejo de un sistema político que ve en la necesidad de los pueblos originarios un simple botín de votos cada tres y seis años, perpetuando una burla histórica que ya resulta insostenible.