¡Ah, el noble arte de la representación popular! Esa sacrificada vocación donde nuestros legisladores se entregan en cuerpo, alma y cuenta bancaria a la difícil tarea de votar exactamente lo que les dicten sus verdaderos patrones. Con sueldos que rozan lo insultante y dietas que harían sonreír a un monarca, estos ilustres personajes han perfeccionado el deporte del «brinco legislativo». Saltan de curul en curul con la agilidad de un chapulín en época de lluvias, arrastrándose y mostrando un dinamismo digno de los mejores lamesuelas.

Convencidos de que el poder y la impunidad son eternos, olvidan un pequeño e incómodo detalle técnico de la física política. El hueso solo dura tres años, pero el ridículo y la vergüenza los acompañan hasta el sepulcro.

Es para dar risa, o llanto, contemplar el trágico espectáculo del «exdiputado en desgracia». Aquellos reyezuelos de utilería que alguna vez sobajaron a medio mundo hoy deambulan por las calles descubriendo, con profundo horror, que la inmunidad no se puede empaquetar para llevar y que nadie quiere contratar a un extorsionador de la política sin oficio ni beneficio.

Terminada la fiesta de los tres años, se les acaba la chequera pública y quedan mendigando atención y empleo, congelados en el olvido de una sociedad que los aborrece y de un partido que ya encontró a un servil más joven para reemplazarlo. Cayeron en el espejismo del poder ilimitado, sin entender que la dignidad vendida no tiene reembolso.

Sin embargo, en este grotesco teatro de sombras no toda la culpa es del actor. La audiencia también paga su boleto. Tenemos a los políticos nefastos que merecemos porque como ciudadanía hemos elevado la tolerancia al cinismo a categoría de deporte nacional.

Soportamos servidores públicos impresentables, aplaudimos el descaro y, para colmo, hay quienes siguen empeñando el futuro de su comunidad a cambio de una despensa o un par de billetes en cada jornada electoral.

Mientras el electorado siga vendiendo su voto y perdonando la mediocridad, los chapulines seguirán saltando en nuestra cara, festejando que su ambición cuesta cara, pero nuestra memoria es dolorosamente barata.