Columna de opinión ciudadana : Rebeca Hernández / Ciudadanos Observando

Resulta indignante escuchar a la diputada local Gabriela López, de Morena, decir que la pobreza trae felicidad. Habría que preguntarle en qué país vive, porque no parece conocer la realidad de millones de familias mexicanas. La pobreza no da felicidad. La pobreza desgasta, aprieta, limita y obliga a sobrevivir con el alma hecha pedazos.

Una madre o un padre trabajador no llega a casa rebosando felicidad después de una jornada extenuante y de pasar horas en el transporte público. Llega cansado, frustrado y muchas veces con la preocupación de no saber si el dinero alcanzará para terminar la semana. La realidad está en la mesa vacía, en la colegiatura que no se puede pagar a tiempo, en el recibo pendiente, en el medicamento que se compra con sacrificio.

Y no, no es que los padres no amen a sus hijos. Los aman profundamente. Precisamente por eso les duele no poder darles más, no poder estar más tiempo con ellos, no poder comprarles lo que necesitan o atender una enfermedad sin que eso desajuste por completo el gasto familiar. No es falta de amor, es exceso de precariedad.

Una madre trabajadora, además de cumplir con su empleo, todavía llega a casa a encargarse de los quehaceres domésticos. Un padre vive con la presión de no faltar al trabajo, porque sabe que un día perdido puede traducirse en menos ingreso. En ese contexto, hablar de felicidad en la pobreza es una desafortunada declaración, es una ofensa.

Lo que hay en la pobreza no es felicidad. Hay resistencia, hay aguante, hay sacrificio. Hay personas que se levantan todos los días a pelearle a una realidad injusta. Pero una cosa es la dignidad con la que enfrentan la adversidad y otra muy distinta querer vender esa adversidad como si fuera una virtud o, peor aún, una condición deseable.

La verdadera felicidad para las familias mexicanas sería tener un salario digno, acceso real a la salud, estabilidad, tiempo para convivir con sus hijos y la tranquilidad de que una enfermedad, una deuda o una emergencia no los va a empujar al abismo. Todo lo demás es discurso barato.

Romantizar la pobreza desde el poder es una forma de cinismo. Es querer normalizar la carencia para no asumir la responsabilidad de combatirla. Y mientras haya funcionarios o legisladores empeñados en disfrazar la precariedad de felicidad, este país seguirá atrapado en la desigualdad, la simulación y el abandono.